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Pensando en Zaragoza: terca realidad presente y pequeña dosis de nostalgia

¿Molaba más Zaragoza antes que ahora? ¿Es tan brutal su derechización galopante? ¿Juega la herencia de Lambán un papel ahí? ¿Está el aragonesismo en barrena? ¿Tuvo la Expo de 2008 algo que ver en una especie de homologación calle a calle y bar a bar? ¿Tanto nos dura la bajona de perder hace dos años la alcaldía a manos del PP? Así a bote pronto se diría que sí a todo, pero las cosas nunca son tan evidentes. Y la nostalgia opera.

Cualquier viaje desde el presente a mi ciudad combina una sensación de formidable acogimiento con cierta monotonía. Como si el tiempo se hubiese detenido sin quererlo. Y tiendes a recordarlo todo más vivo y divertido y ya no sabes si la ciudad que ves es la actual o la que recuerdas. Y hay que ponerle coto a esta melancolía, porque no todo puede haber ido tan a peor.

Aún así, se aprecia una cierta involución concentrada en los últimos años.

Signos evidentes

Parece de lo más real durante los últimos tiempos, al menos en las calles, el avance nacionalista español que tiene en el auge de Vox y la radicalización del PP sus principales consecuencias y que vivió su momento álgido con el ‘procés’ catalán, incluyendo manifestaciones fascistas aquellos días en torno famoso discurso del rey el 3 de octubre de 2017. Aunque ahora la coreografía parezca algo desinflada, es imposible olvidar cómo los balcones de la ciudad fueron engalanados con una cantidad de rojigualdas como en pocos sitios de España. En todo caso, y como en casi todo, Zaragoza no ha sido la única ni la peor. La condición de tierra limítrofe con Catalunya, el anticatalanismo acomplejado furibundo que se viene labrando desde hace décadas y la inercia nacional con Madrid como epicentro de este particular averno reaccionario contribuyeron a la foto local.

Pero pasaron cosas feas. Muchos aragoneses pasamos vergüenza cuando se produjo el peligroso cerco al pabellón Siglo XXI, con cientos de cargos públicos de todo el espacio del cambio a nivel estatal, que reclamaban una solución democrática y dialogada a la cuestión nacional en nuestro país de países, en su interior. Cientos de simpáticos y apolíticos fachas zaragozanos les dijeron de todo y hasta tiraron una botella de agua a Violeta Barba, entonces presidenta de las Cortes. Pudo haber pasado en otro sitio, pero fue en Zaragoza; pudo haber pasado hace años, pero resulta que ha sido en su presente más inmediato. También hay que alabar la valentía en todo esto del entonces alcalde, Pedro Santisteve, ofreciendo la ciudad para el encuentro.

El pasado más reciente de Zaragoza también ofrece una luz que se vino pronto abajo: los cuatro años de gobierno de Zaragoza en Común, con nueve concejales, supusieron un cambio que sin embargo no pudo tener continuidad en 2019, cuando, además, los actores políticos que operaron en 2015 llegaron divididos en dos candidaturas. El frenazo en seco lo aprovechó una derecha que no gobernaba desde 2003, y que para hacerlo necesitó esta vez del apoyo de la ultraderecha -qué raro y qué democrático-. El aterrizaje del PP, con un indiscutible apoyo mediático que sin embargo hacía escarnio permanente en la legislatura anterior, ha devuelto Zaragoza a esa cultura tan de colaboración público-privada, tan de centro (del distrito), tan mariana, tan de la concertada, tan de orden.

En todo caso a esta corporación, a la actual, hay que agradecerle también momentos divertidos como poner a circular la escultura floral de la virgen a lo ‘mad max’. Quién sabe dónde estará ahora.

¿Qué hay de los efectos de la Expo de 2008? ¿Sirvió todo eso para algo? Algunos vivimos aquellos años, donde apenas podías mostrar la crítica, como un acceso de última hora al circuito desarrollista de los grandes eventos, esos que al PSOE de comienzos de siglo XXI (y finales del anterior) le apetecían tanto. Y llegó a unos meses de la brutal crisis financiera mundial, para hacer aún más dura la resaca. Con semejante carrusel de obras se adecentaron las riberas y se terminaron infraestructuras básicas, pero todo lo demás fue un esperpento. Desde el macrohormigonado del meandro donde se hizo la muestra hasta la muestra en sí misma y su supuesto mensaje plasmado en una declaración, pasando por el ingente aumento de policías en las calles y la subida generalizada de precios o la sensación de una homologación de bares y propuestas culturales. Este último punto, el de la decadencia y cierre paulatino de los mejores bares, es el menos perceptible de todos, el más subjetivo, el más nostálgico de la Zaragoza anterior a 2004. Puede que ni sea cierto, pero en mi cabeza suena así de veraz y por eso aquí se queda.

No podemos obviar a Javier Lambán y su inestimable contribución a la lucha de clases en este viaje rápido por la frecuente frustración de las ansias emancipadoras de todo un pueblo. El viaje centrista de su partido y de su gobierno autonómico lo ha puesto demasiado fácil a la oligarquía del país.

El otro asunto clave responde a las lógicas de representación aragonesistas. A simple vista, este fenómeno político, en cuanto a la izquierda, jamás gozó de tanto apoyo como en la primera década del siglo, cuando CHA contó con seis concejales en Zaragoza, formando parte del gobierno local, y con nueve escaños en las Cortes. Nunca como entonces un concejal, Antonio Gaspar, recibió semejante cera por parte de los hacedores de la opinión pública local, los editores del Heraldo. Nunca… hasta que llegó Santisteve en 2015.

¿Qué queda de un aragonesismo que, además, logró poner en Madrid como diputado a Labordeta por dos ocasiones? Su pérdida de fuelle, hasta rozar el extraparlamentarismo, acompañada de una llamativa moderación en lo social y lo nacional, fue paralela al auge de Podemos, sobre el que algunos de sus dirigentes no escatiman adjetivos no demasiado halagadores. Tampoco fue muy estética la postura de CHA con arreglo a la anterior corporación de Zaragoza en Común entre 2015 y 2019. Más allá de este declive en lo político, sumado al auge españolista y de las derechas, algunos signos contrarios hacen albergar esperanzas en la parte cultural. El aragonés sigue luchando por su oficialidad con una nueva grafía que deja atrás experimentos pasados con los que algunos aprendimos de forma autodidacta. No todo está perdido.

Los tomates que sabían mejor

Hasta aquí, creo, iban los argumentos lógicos. A partir de ahora, las sensaciones que pueden trucar cualquier análisis, fruto del paso de los años y de llevar ya varios fuera. Tomando como ejemplo el formidable libro de Mariano Pinós ‘La movida que te salvó’, que recorre las calles de Zaragoza en plenos noventa a ritmo del rap de una generación con sus manifestaciones antifascistas del 20-N, su cierzo helador y sus discotecas iniciáticas, resulta tentador pensar que entonces todo era más divertido, más auténtico, también más de izquierdas y con menos rojigualdas. Lo cierto, sin embargo, es que a algunos esos años nos cogieron en el instituto y la universidad, desplegando militancias variadas en torno a colectivos muy pequeñitos, con miedo de encontrarnos a tal o cual cabeza hueca con esvásticas y en casa de los padres. Y que el 15M, que no nos pilló tan jóvenes, superó después cualquier expectativa previa y fue realmente electrizante e impugnador.

El recuerdo de la Zaragoza combativa de los últimos decenios del siglo XX, que sin duda lo fue, de su movimiento vecinal e insumiso, de sus cincomarzadas, no puede obviar el crecimiento experimentado años después, hasta eclosionar en el movimiento antidesahucios, las mareas y todo lo que llevó a ganar la alcaldía hace seis años y medio y a estar en el gobierno aragonés, con todas sus contradicciones. Después de unos tiempos cercanos de avance de posiciones ahora llevamos mal un cierto repliegue, sobre todo con tanta bandera estanquera en los balcones. Pero no convendría restar valor a lo logrado.

En los últimos noventa, además, escuchamos algunas maquetas irrepetibles, como las de Kase-O o Mallacán. Pero los discos que han hecho estos mismos artistas avanzado el milenio suenan más redondos, seguro.

Un afecto extraño

Volver a casa siempre sienta bien. A todo lo explicado arriba se suma el goce de viajar atrás coleccionando recuerdos casi calle a calle. Pero esta posición nostálgica no puede nublar ningún argumento mínimamente serio.

Un antiguo amigo soriano me observó una vez que en su ciudad hay más conservadores por metro cuadrado que en la mía, pero que los fachas maños, aunque muchos menos en proporción, siempre lo son a mala hostia. Y creo que tiene razón. En todo caso, y pese a los avinagrados que se han venido tan arriba, nunca creí que iba a extrañar tanto Zaragoza, y de forma tan paradójica.

Los Ixo Rai lo definían a la perfección, en su caso hablando de Aragón, que para mí supone lo mismo que Zaragoza en cuanto a los afectos: “Cómo esperas que te quiera si esto no da más de sí? Cómo voy a abandonarte y el mar tan lejos de aquí?”.

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